Definitivamente, lo malo vivir en
pueblo chico, es el amplio y no siempre cómodo espacio disponible para que se arme el infierno
grande. De no ser así me desharía en detalles y contaría la de cosas que se experimentan siendo estudiante, o en cualquier caso, siendo ser humano.
Lo cierto es que hace muy poquito fue mi primer día en un servicio de pediatría, y aunque las instalaciones son de pena, y por algunas cosas que vi, el servicio tampoco es todo lo que podría esperarse, la gente en la sala aparenta tener buena disposición para con los pacientes. Me reservaré halagos, porque todavía no comprobé si la empatía es genuina o forma parte del estratégico camuflaje de la ignorancia colectiva de la que muchísimos formamos parte en el sistema de salud.
Cuando entré, inmediantamente tuve una suerte de
flashback. Ya no era 2006, en un momento estaba 1983, y en otro momento en 1969. Imposible concebir cualquier tipo de modernidad, tal y como la conocemos hoy en día.
En medio de todo eso: los pacientes. Estaban literalmente por todos lados. Tan sencillo como que eso de "acceso restringido" no parece existir. Entras a un sitio a buscar un bisturí y ahí te encuentras a una ficha perdida en forma de niño de 8 años pero que en realidad tiene 12. Vas a contestar un teléfono y frente a ti una hilera de chiquillos, bañaditos y almidonados se dirigen a la salida ¿Para dónde van? ¡Ninguno de ellos fue dado de alta! ¡Vuelvan!... "
Van a visitar a Fulanito, que ya regresó de la cirugía", se oye decir... Ah claro, obviamente, eso era. Me lo saludan! Mientras, me quedo leyendo la historia de este otro "
con diagnóstico de HIV +, que ingresa con cuadro de vómitos de contenido alimentario. Refiere haber ingerido ensalda de cítricos (mango, sal, pimienta, vinagre), kaprichito y sepa Dios qué más!"
El día se me hizo corto y largo a la vez.